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A Esther y Alina
Como esas flores que un día dejamos entre
las páginas de un libro que no volveremos a abrir en
años, o que tal vez no abramos ya jamás, y le
tocará descubrir a un desconocido que lo termine sacando
del apretón de otros dos tomos en los anaqueles de
alguna recóndita librería de viejo, el pasado,
todo el pasado, pero sobre todo el pasado que no cuenta, por
mudo y por la esterilidad de sus fines, tiene un olor tenue
que apenas consigue transformarse en presencia. Un mudable
olor: ora hiede, ora se deja ganar por equívocos efluvios
dulzones. Un tufo a viejo, un rumor de polillas, una mezcla
de estupor y tristeza.
En la historia de los movimientos de resistencia a los afanes
totalitarios de la revolución cubana del cincuenta
y nueve, la habanera PAIDEIA ha concitado un interés
muy escaso. PAIDEIA no se ha insertado en la brumosa historia
de la oposición al castrismo, más allá
de unos pocos asientos en los catálogos de hemerotecas,
el retrato de grupo que la ve acompañada del conjunto
de proyectos artísticos que se desarrollaron en La
Habana de la segunda mitad de la década de los ochenta,
o la inexacta visión, apenas disciplinada en letra
de imprenta, que le adjudica el rol de timorato antecedente
de Tercera Opción.
Se trata de un silencio cultivado por todos los reclutas que
conformábamos aquel pelotón. Me pregunto si
escribiendo ahora mismo estas páginas, que, además,
se multiplicarán con otros acercamientos, no ayudo,
ayudamos, a traicionar esa voluntad de una, quiero pensar,
calculada desidia, que marcó a PAIDEIA con una elegante
y estratégica cifra: la de replegarse primero, mudados
los uniformes en los ropajes más diversos, para desmovilizarse
después, desvanecida ya su capacidad de acción,
mermadas sus filas por el acoso de la Seguridad del Estado
y las instituciones culturales del castrismo a los firmantes
de los primeros textos; dispersos, por fin, por la cartografía
del exilio o insertados en la dinámica cultural del
castrismo tardío. Tampoco se ha sacado a pasear a PAIDEIA
por las historias de las cofradías juveniles o las
sociedades secretas.
No obstante, todo está aún por recuperarse y
conviene acotar el perímetro con cautela, porque cabe
suponer que la saña académica y las nanoinquisiciones
que constituyen la razón de ser de millares de cátedras
universitarias, le regalarán a aquel breve episodio
alguna que otra tesina. Como tampoco hay que descartar que
la caída del castrismo convoque los afanes de las universidades
de la isla y surjan dinámicas comisiones o revitalizados
círculos de estudio que se apliquen a dragar la bahía
de nuestra última dictadura: el jovial, y, las más
de las veces, vergonzoso, decurso de medio siglo de abyección
intelectual.
¿Cómo leerán esos inquisidores los documentos
minuciosamente tecleados en céntricos apartamentos
de La Habana o la fantasmal Brisas del Mar? ¿Qué
aspavientos, qué mohines concitarán en ellos
las grabaciones de las conferencias sobre postmodernismo,
postestructuralismo, postmarxismo y cualquier otra cosa a
la que antepusimos, gozosos y neocolonizados —niños
con prefijo nuevo—, ese «post» venido de la rue
des Écoles y sus vastos aledaños, que se extendían
hasta las universidades de Norteamérica? ¿Cómo
se orientarán entre las volutas del haschich, las escalonadas
maromas del dominó o, y aquí lo tendrán,
adivino, más fácil, las oes que recorríamos
sobre la arena del Estadio «José Martí»?
Por cierto, ¿qué hermenéutico enfoque
aplicarán al José Martí de carne, huesos
y máculas de PAIDEIA (aquí ya debo decir, y
esta prevención valdrá ya siempre en lo adelante,
de ciertas zonas de PAIDEIA)? Y a su Marx. A su Bajtín.
A su Lezama.
Convocado a escribir estas páginas sobre una PAIDEIA
a la que jamás he dedicado un solo párrafo en
todos estos años, aunque una pertinaz fidelidad me
ha hecho recordarla cada vez que se me ha pedido una nota
biográfica para menesteres editoriales, me pregunto
qué interés, más allá de un mero
afán historiográfico, tiene hoy para alguien,
incluso para mí y el puñado de firmantes de
aquellos manifiestos, este episodio de hace poco más
de tres lustros. ¿Qué pervive en mí de
aquella escaramuza en una recóndita trinchera de la
Guerra Fría a la que una mañana —aunque
la decisión habrá sido nocturna— dejaron de
llegar las noticias del veloz desmantelamiento del Cuartel
General, las «novedades de Moscú»? Un rincón
donde, por lo tanto, se continuaba luchando aún cuando
la guerra ya había acabado, imbuida la soldadesca de
una responsabilidad ya inútil.
No voy a entretenerme en revisar los destinos de cada uno
de esos nombres que aparecen en los sucesivos documentos.
En aquella escaramuza marginal hubo muchos que evadieron el
cumplimiento del servicio en el ejército, como hubo
también desertores. Definir es cenizar, decía
Lezama. Y nombrar, en estos posbélicos menesteres,
es remover las cenizas, patear los huesos ya blanqueados.
En cualquier caso, sí vale la pena anotar, porque si
algo pervive de PAIDEIA es su lección de ética,
digamos, aplicada, que la progresiva merma en la nómina
de firmantes se debió menos a la sagacidad de quienes
retiraron sus firmas, que al hecho de que en buen número
de los casos se trataba de reclutas que dependían de
las instituciones culturales para continuar ejerciendo de
intelectuales y que se plegaron a las presiones en un ejercicio
que sirvió de innecesaria convalidación de,
al menos, dos verdades: la de la insondable mezquindad a la
que lleva el miedo a perder algo sin importancia (por ejemplo,
el asiento en el listín de intelectuales cautivos)
y la de que el castrismo, oportuno y eficaz, es, como el capitalismo
según Deleuze y Guattari, una máquina que jamás
deja de extender sus límites.
(También pudo haber retiradas tácticas. En
la lista de firmantes de los documentos de PAIDEIA me topo
con algún nombre cuya pista no consigo rastrear ni
en los panópticos buscadores de la Internet. Tal vez
quepa suponer que aparezca en algún momento alguno
de aquellos firmantes a quienes ganó después
la cautela, como sucedió no hace tanto en un bosque
de Camboya con un soldadito temeroso de Pol Pot, y pregunte
si se nos ha concedido por fin el permiso para publicar la
planeada revista Oikos, o si se necesita invitación
para participar en el Coloquio sobre Gramsci que intentamos
organizar, sin éxito, con el patrocinio de la Embajada
de la Unión Soviética. Un coloquio que corrió
la misma, o parecida, suerte que el país que mandó
la embajada de marras: a pesar de haberse planificado con
burocrático esmero, se esfumó sin dejar memoria.
Con una salvedad que ya hubieran querido para sí los
millones de víctimas del régimen soviético:
la gramsciana asamblea murió ab ovo, una pulga
aplastada por los manotazos en la espalda que nos propinó
el sorprendido attaché cultural soviético al
despedirnos. No llegó ni a ensayar su NEP.)
Leo de un tirón los primeros documentos, la partida
de nacimiento de PAIDEIA, las «Tesis de mayo»,
las cartas a destinatarios ausentes, como los autores de sus
rúbricas, de la política cubana de hoy; otras
dirigidas a Fidel Castro o a Abel Prieto, todavía ministro
de cultura. Leo esos textos ahora con extrañeza. Una
extrañeza que va más allá de la obvia
brecha que separa los propósitos que guían hoy
mi trasiego con la palabra literaria y la concepción
de la política y mi circunstancia de entonces, recién
llegado de una inmersión adolescente, y, por lo mismo,
apasionada, en el desmontaje de la feroz máquina del
socialismo real. La inequívoca actualidad de lo que
reivindican esas epístolas y manifiestos se amalgama
con el, también para mí inequívoco, aire
demodé. Hay algo ahí, no hay dudas, vetusto,
arcaico. No obstante, también me generan una incómoda
sorpresa: continúan dando solventes respuestas (eficacia
sólo aparente, claro) a preguntas que ya no me hago.
No alcanzo a descubrir cómo pude olvidar esas respuestas
que discutí, leí y rubriqué hace años,
en los años de la guerra. Consigo verme en paisajes
abigarrados o solitarios, en una reunión cercana ya
a la madrugada en la sede de El Caimán Barbudo, donde
unas treinta personas discutíamos la estrategia a seguir,
si un repliegue táctico o un ataque frontal a las filas
enemigas; recuerdo los cursos de filosofía en el Parque
Almendares, la cuidadosa lectura del Kirk y Raven; me
veo en un apartamento del Vedado y después en otro
de Miramar donde se desarrollaba el curso de filosofía
francesa; en charlas en el Instituto de Filosofía y
el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales; huelo todavía
los quesos y escucho todavía las risas en cierta hermosa
casona de la Embajada de Francia; recuerdo el miedo, el dolor
compartido, la certeza de que podíamos acabar en la
cárcel, la decisión de no confraternizar jamás
con los empalagosos esbirros: la divisa «Sólo
hablo con ustedes si estoy detenido», que hube de ensayar
una vez ante dos atónitos oficiales, que tardaron en
comprender cómo aquellos muchachos de veintipocos años
que éramos y que, en no pocos casos, proveníamos
de familias bien asentadas en la nomenklatura castrista, nos
habíamos vuelto tan obstinadamente tercos, o zoquetes.
Si no estuviera escribiendo estos párrafos en Key
Largo, lejos de mi biblioteca en Barcelona, podría
levantarme ahora de la silla y abrir ciertos libros que apenas
frecuento desde que salí de las trincheras. Libros
de la biblioteca circulante de PAIDEIA, una «biblioteca
independiente», como las llaman ahora, que se han ido
reuniendo conmigo a lo largo de los años. Kostas Axelos,
Leszek Kolakowski, Jean-François Lyotard, Adam Schaff,
André Gluksmann, Marshall Berman, Bernard-Henri Levy…
Manuales de estrategia; libros de instrucciones. Podría
volver a repasar preguntas y respuestas, como en la víspera
de un examen. Tal vez todavía me pudiera dejar ganar
fugazmente por la avasalladora contundencia de ciertos apotegmas.
Tal vez volvería a repetir, recordando a Foucault,
que los intelectuales son la conciencia y la elocuencia de
lo social; tal vez volvería a repetir, ufano y caricaturesco,
aquello de que en la Cuba revolucionaria no coinciden la vanguardia
política y la vanguardia epistemológica. Tal
vez me volvería a dejar ganar por la estéril
impaciencia que sacude ahora mismo a una culebra que dibuja
espasmódicas eses en el húmedo linóleo
de este porche floridano, a dos metros de mi silla.
En el prólogo a Pútrida patria W.
G. Sebald recuerda que alguien decía de Austria que
es «el único país vecino del mundo».
La ocurrencia se asienta en la cualidad de vórtice,
pero también de máquina centrífuga, que
es propia de ese enclave en el corazón de Europa, donde
nacieron las literaturas de Hermann Broch, Hugo von Hofmannsthal
o Thomas Bernhard. Desde los años de la guerra, cuando
todavía estábamos atrincherados en el microcosmos
insular con su nacionalismo cosmopolita —y valga el
oxímoron—, vengo reclamando que se revoque el
paradigma de la excepcionalidad sobre el que se han asentado
la metafísica y la política cubanas desde finales
del siglo XVIII. Cuba, país vecino del mundo, pero
también omnívoro anfitrión amigo del
carnaval y el potlatch, debería rendirse a
la evidencia de que los réditos de la excepcionalidad
han sido incapaces de dotarla de una realidad que trascienda
los estrechos predios de una política y una literatura
de la supervivencia.
PAIDEIA, con sus documentos y sus gestos, se situó
ante ese Leviatán, no por excepcional menos ordinario,
desde la certeza de que la cultura —la paideia,
la bildung—, redime de la tiranía de
los ancestros, desde la convicción de que un cambio
generacional puede obrar el milagro de una tradición
reinventada. No eran malas respuestas a las preguntas que
nos hacían los tiempos, si éstos nos las hubieran
planteado de veras. Pero nadie preguntaba, y los afanes de
aquel pelotón, una de cuyas divisas era la astucia,
la metis de los griegos, no pasaron de ser una escaramuza,
a la postre insignificante. Una de esas batallitas que parecían
capaces de cambiar el curso de una historia, para acabar disolviéndose
sin dejar ni siquiera un rasguño en el flanco de un
enemigo, la excepcionalidad cubana encarnada durante el último
medio siglo en la pesadilla del castrismo, que es un microcosmos,
un vivero, un laboratorio, donde lo anticuado de los métodos
se topa con una increíble capacidad para atender a
los experimentos más atrevidos y acertar con los catalizadores
más precisos. Poco importa que jamás se griten
eurekas en los pasillos de ese laboratorio: la supervivencia
del trasiego de probetas y alambiques (dicho sin ironía)
está garantizada por la atomización del trato
y la precipitación hacia la plaza.
Todo proyecto colectivo, más si su silueta se recorta
sobre el fondo de la indiferencia, más aún cuando
su perfil se dibuja, minúsculo y tembloroso, como la
cara de Raskólnikov en los apuntes de Dostoievski —apenas
la caricatura de una amenaza—, frente al grotesco rostro de
una sinrazón beligerante, ésta sí real
y bravucona, sólo consigue rebasar los vastos y nutridos
dominios de la insignificancia, si su objetivo se cumple,
si concita suficientes voluntades como para que se lo tenga
por masivo, o si la fuerza a la que se opone lo aplasta con
suficiente saña, como para que perviva en la memoria,
siquiera como testimonio de un martirio.
PAIDEIA no consiguió ninguno de esos boletos a la
historia. Tres lustros después de aquellos meses de
afanes, el olor de esos pétalos guardados por descuido
entre las páginas de la, digamos, Paideia
de Werner Jaeger, o acaso, la Minima moralia de Adorno,
La arqueología del saber de Foucault o La
diseminación derridiana, no existe, en tanto acontecimiento
práctico, más allá de la memoria
individual de unos pocos.
A expensas de las sorpresas que guardan los archivos de la
DSE, ese día venturoso en que el «habeas data»
nos permita acceder sin más trámite que un breve
cuestionario al catálogo de delaciones, la historia
de la relación entre los intelectuales y la revolución
cubana tropieza siempre con el corsé de la monotonía
y la tiranía de lo previsible, que entre nosotros,
y entre tantos, es la secuencia ordenada en una tríada:
oposición, exilio y memoria. Como pálidas cuentas,
lágrimas de cristal, oscuros abalorios, esa secuencia
lleva adosados matices, huellas del escándalo o el
disimulo, en ocasiones hilarantes, pero también, las
más de las veces, atroces: la cárcel, el encarnizamiento
que silencia, agota o mata, la muerte en vida, el entusiasta
sometimiento postrero de las víctimas de ayer. Víctimas
que no se transmutan en verdugos, como en el pernicioso ejercicio
de la promoción social dentro de las oficinas de la
dictadura, sino en víctimas gozosas de ostentar el
papel de cómplices, desde la coartada epistemológica,
los ridículos lauros, el acarreo de la jabita, el ojo
de mosca del micrófono que les acercan. PAIDEIA participa
también, cómo no, de esa tríada arquetípica,
si bien en ella se dio una secuencia alterada, enrevesada.
Primero, la memoria, la de toda la tradición occidental,
desde los presocráticos hasta Marx. Después,
el exilio, que nos regalaron, como quien concede una beca
para un viaje de estudios. Finalmente, y siempre, la oposición:
al castrismo, pero también a una cierta idea de intelectual,
a una cierta idea del exilio, a una cierta idea, precisamente,
de lo que implica hacer y ser oposición.
Los años que siguieron a la institucionalización
molecular de la cultura «revolucionaria» y el
éxodo del Mariel, aquellos años dorados en los
que se bebía cognac de Armenia acompañado de
minúsculas cebolletas envasadas en la Albania de Hoxha,
se freía con grasas venidas de Bagdad o Damasco y se
fabricaban en Pinar del Río teclados para las protocomputadoras
socialistas llamadas a mecanografiar contundentes objeciones
a Santa Fe II, vieron crecer a una generación de intelectuales
alentados por aquella globalización controlada desde
el rascacielos de la entonces avenida Kalinin. Ésos
fueron los años de la presunta rebelión del
«hombre nuevo», proclamada en una imbécil
canción que se coreaba desde la Colina Universitaria,
con el mismo negligente entusiasmo con el que se lloraba a
Julio Antonio Mella; una canción, con un Guillermo
(sic) Tell conminado a dejarse apuntar por la ballesta de
un, supongo, becario de ESBEC, que merecía más
bien los afanes de aquel fantasmático círculo
psicoanalista que se reunía por entonces bajo los auspicios
de la Arquidiócesis de La Habana, que las ditirámbicas
parrafadas de los mediocres comentaristas de Radio Martí.
Cuando se abordan los desplazamientos culturales de la década
de los ochenta, se suele afirmar que su principal significación
estribó en que con ellos la oposición al régimen
dejó de ser patrimonio de quienes fueron sus víctimas
directas, aquellos que se vieron desplazados por la ofensiva
revolucionaria, para pasar a ser protagonizada por eso que
los comentaristas, escasos y periodistas, llaman «hijos
de la revolución», una festinada filiación,
irrespetuosa con el registro civil y los misterios de la construcción
de una bildung individual. Uno se ve incómodo
en esa torpe nomenclatura que convierte las generaciones en
mejoradas promociones de una misma pulsión iconoclasta
y atroz. Aquellos años espolearon la imaginación
de los ideólogos del castrismo, que promulgaron la
apertura (es un decir) de los llamados «espacios experimentales».
Todavía es un enigma para mí cómo
confluyeron un puñado de jóvenes, aquel «grupo
que [avanzaba] silencioso», al decir de un verso armado
en aquellos días, cuyos orígenes sociales eran
bien distintos. Me resisto a creer que se trata de un acierto
a anotar en la columna de haberes de ciertos hermanos apellidados
Saíz, que confieso desconocer quiénes demonios
son, fratría que cobijaba unos talleres de, digamos,
creative writing donde se reclutó a muchos
de los efectivos. Prefiero pensar que fue un accidente. Una
súbita y pasajera fiebre.
Como esos cancerígenos filamentos de amianto que todavía
flotan en algunos vagones de los convoyes que transitan por
la Europa oriental, aquellos últimos años de
la década de los ochenta y los primeros de la siguiente
vivieron un revuelo de esporas que contaminaron todo el sistema
del socialismo real. Acumuladas y sólidas, descalabraron
el Leviatán del estado soviético, tiraron el
muro de Berlín, acompañaron el inventario del
garde-robe de la primera dama rumana.
En los márgenes del bloque comunista, en el omphalos
del vulgar mesianismo de la izquierda, un escaso y progresivamente
diezmado pelotón pretendió sumarse a la ola
democratizadora revocando así la secular excepcionalidad
de Cuba. Y fracasó.
Tal vez, no nos dábamos cuenta de que la Guerra Fría
había acabado y que el castrismo la sobreviviría
con ínfulas de ganador. Tal vez nunca supimos leer
la historia que nos había tocado vivir. No hacía
tanto que nos habíamos desanudado las pañoletas
rojas, todavía estábamos imbuidos de esa forma
feroz de la coerción que es la tiranía de lo
colectivo y no comprendimos que, en realidad, estábamos
viviendo historias individuales —nuestra propia paideia,
nuestra minimal bildung—, fugazmente implicadas con
un régimen también individual, el castrista.
Enredados durante semanas con las aporías del Eleata,
ignorábamos —no sé si por candidez o afán
de supervivencia— que los estadios que corríamos nos
debían indicar no la siempre escurridiza inminencia
de la meta, sino la radical distancia que nos separaba de
aquel suelo, de todo suelo, y de todo discurso que lo implicara
esencialmente. Tal vez, lo que no comprendíamos era
que levitábamos y que el aire que nos sostenía
era el de un conato de paz perpetua por la que ya comenzaban
a pulular, enigmáticos y vivos, como los flujos menstruales
en las páginas del Talmud, los indicios que prefiguraban
la guerra total. 
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